El amor genuino nunca debería generar dudas. No se trata de tener que preguntar constantemente si existe, sino de percibirlo en la forma en que la otra persona te mira, te escucha y te acompaña. El amor se vuelve auténtico cuando deja de ser una promesa vacía y se convierte en un lenguaje silencioso: un gesto, un abrazo, una mirada que transmite más que mil palabras.
Cuando alguien te ama de verdad, lo sabes sin necesidad de cuestionarlo. Lo sientes en la paz que te da su presencia, en la seguridad de saber que cuentas con esa persona en los momentos de alegría y también en los de dificultad. No es necesario pedir pruebas constantes, porque el amor se refleja en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Preguntar “¿me amas?” muchas veces revela una carencia en la relación: la ausencia de acciones que lo confirmen. El verdadero amor no se exige, se vive; no se implora, se manifiesta. Amar no es solo hablar, es actuar.
Por eso, el amor que vale la pena es aquel que se ve, se siente y se sabe… sin necesidad de palabras.
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